domingo, 31 de octubre de 2010

El bullying y el cyberbullying en el Perú.

Escuelas de la crueldad

Cada vez se difunden más casos de niños y niñas que son sistemáticamente golpeados y humillados por sus propios compañeros de clase. Ocurre dentro y fuera del aula, ante la mirada cómplice de otros alumnos que parecen disfrutar de la violencia, y a menudo frente a maestros que prefieren dar la espalda a la agresión, guiados por un arcaico y perverso dogma : “Mejor no te metas. Cada chico tiene que aprender a defenderse solo”. Aquí algunos testimonios –nada edificantes– de lo que ocurre en las aulas.

Por: Karen Espejo

Imagine que tres compañeros de clase obligan a su hijo a salir del salón. “Vas a ver lo que te pasa”, lo amenazan y lo hacen avanzar a empujones hasta el baño más cercano. Imagine que dos chicos lo sujetan de los brazos, mientras el líder del grupo le baja los pantalones con violencia. “¡Tienes un hueco en el calzoncillo!”, le gritan y estallan en crueles carcajadas que destrozan sin piedad la autoestima de su hijo. Imagine ahora que estos jovencitos completan la humillación de su pequeño forzándolo a pasear en ropa interior por los pasillos de la escuela, ante la vista indiferente de alumnos y profesores. Todos se divierten, menos su hijo, quien camina semidesnudo, con la cabeza gacha y el corazón herido.

Lamentablemente, el estudiante “imaginario“ de esta nota sí existe. Es de carne y hueso. Se llama Elías, tiene 13 años, cursa el tercero de secundaria en un colegio estatal de San Juan de Lurigancho y desde hace ocho meses es víctima de bullying, término anglosajón cuya traducción literal es “matonería escolar”. Este fenómeno social se caracteriza por el sometimiento de una persona sin motivo alguno y la intencionalidad de herirla en público durante meses o años, lo cual explica el infierno que vive Elías en la escuela. El muchacho ha sido bautizado por sus hostigadores como “basura”, insulto que acompañan soltando gases cerca de él u ocultando trapos sucios en su mochila. Tiempo atrás, los mismos “amigos” le bajaron el pantalón y el calzoncillo para exponerlo ante chicos de otras promociones, y una semana antes lo presionaron para recorrer las aulas usando una peluca de mujer. Todas las veces, Elías lloró avergonzado, suplicó que lo dejaran tranquilo, pero nada detuvo las burlas. Peor aún, como ocurre en el 65% de los casos, ninguno de los alumnos que observaba las humillaciones se atrevió a defenderlo por temor a ser atacado del mismo modo.

Como Elías, el 47% de escolares peruanos de primaria y el 51% de secundaria sufren bullying, según estudios dirigidos por Miguel Oliveros, investigador de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. ¿O acaso usted, lector, nunca ha oído hablar de casos similares a este? Tome en cuenta que el hostigamiento escolar puede empezar incluso en el nido y va desde menospreciar públicamente al compañero, ponerle apodos y discriminarlo, hasta golpearlo, amenazarlo con navajas y armas de fuego, por periodos persistentes. ¿A quiénes agarran de “punto”? Pues mayormente a los que tienen alguna diferencia física, étnica, de comportamiento o de condición social, como ser más gordo, más andino, más tímido o más pobre que el resto. El gran “pecado” de Elías, por absurdo que suene, es ser más estudioso y ordenado. Por eso, el muchacho llegó al punto de bajar su rendimiento para parecerse a sus agresores, en un vano intento por liberarse del maltrato.

Violencia desde la red

En el caso de David, de 14 años, el acoso vino desde el ciberespacio. A sus compañeros de un colegio privado de Lima les molestaba tanto que tuviera más dinero que ellos que decidieron inventar un desalmado chisme virtual. “¿Saben por qué el papá de David nunca asiste a las reuniones escolares? Dicen que está de viaje, pero la realidad es que está preso en el penal de Lurigancho por violar a una menor. ¿Y saben a qué se dedica su mamá? Nada más y nada menos que a la prostitución. Para prueba les enviamos fotos. Por favor, reenviar a sus contactos”, difundieron los hostigadores anónimos de David, en mails masivos que adjuntaban fotomontajes de su madre con el cuerpo de una actriz porno. Luego circularon imágenes trucadas de él acariciando los genitales de otro adolescente y comenzaron a acosarlo con mensajes al celular y frases como: “sabemos dónde estudia tu hermana, la haremos mujercita en cualquier momento”.

Durante el medio año que duró el hostigamiento, David desconfió hasta de su mejor amigo y se fue aislando de sus compañeros de colegio y del barrio. “El ciberbullying es aún más peligroso y se hará más grande con los años porque los muchachos tienen cada vez más acceso a la tecnología sin supervisión de un adulto. Si en el bullying el chico pasa el papelón cinco veces, en el ciberacoso se amplía a 50, puesto que las imágenes se transmiten a más personas y más veces en el tiempo. Esto genera en la víctima un clima de inseguridad dentro y fuera del colegio”, afirma Lupe García, decana de la facultad de Psicología de la UNMSM e investigadora de estos temas desde hace cinco años.

El bullying nunca termina

Eso sí, advierte la psicóloga, las secuelas que dejan tanto el bullying como el cyberbullying “no acaban en el centro educativo ni son simples cosas de niños”. Según sus estudios, las víctimas de la matonería escolar quedan marcadas por la baja autoestima o se pueden convertir en hostigadores de personas de menor rango que ellos. Existen incluso cifras ocultas de bullying como causales de depresión o suicidios; y, según Devida, es también un factor precipitante para el consumo de drogas.

Los agresores, por su parte, reafirman que la violencia es el mejor medio para imponerse ante el resto y tienden a lastimar a sus parejas e hijos o, peor aún, pueden volverse psicópatas e involucrarse en actos delictivos. Finalmente, los alumnos que fungen de testigos mudos del acoso se vuelven insensibles ante esta violencia y la repiten en todas las esferas de sus vidas. ¿Acaso no está claro que estas huellas indelebles hacen germinar chicos violentos e inseguros? En abril, Joel Bravo Flores, un niño de apenas siete años, fue asesinado a golpes por dos de sus compañeros del colegio San Jerónimo de Chonta, en Huánuco. Sus victimarios dijeron que era muy estudioso. Y Clinton Mayller, de 14, aún se recupera en la cama de un hospital limeño, luego de quedar parapléjico por la golpiza que le propinó un compañero que le enrostraba sus rasgos andinos. En Brasil, Bolivia y Chile ya se aplican programas contra el bullying y se difunden campañas dirigidas a alumnos y docentes.

Nuestra realidad, en cambio, es absolutamente permisiva. La mayoría de colegios privados temen perder alumnos y sus directivos prefieren ocultar estos ataques, antes que salir en defensa de la víctima y sancionar al agresor. Lo mismo ocurre en los colegios nacionales donde muchos maestros ”cierran los ojos” ante las agresiones, a pesar de que ocurren en el salón de clases.

¿A qué magnitud deberá llegar el bullying en los colegios de Lima y del interior del país para que maestros y directores decidan frenar la crueldad desatada en las aulas?

Alerta

Si tu hijo se resiste a ir a clases, baja su rendimiento escolar, se siente decaído, llega a casa con lesiones, heridas o con el uniforme y los útiles dañados, puede ser víctima de bullying.

Para mayor orientación llama a la Fundación de Ayuda al Niño y al Adolescente en Riesgo (ANAR) a la línea gratuita 0800-2-2210.

Actores del bullying

1. Agresor o bully (proviene de hogar violento o carece de afecto)

•Directo: quien golpea, insulta o humilla.
•Indirecto: quien planifica bajo la sombra el siguiente ataque.
•Indirecto: quien estimula con palabras el ataque del agresor.

2. Víctima

•Reactiva: quien al principio intenta defenderse. Luego de unos cuatro ataques se vuelve víctima pasiva.
•Pasiva: no se defiende. Suelen ser hombres.

3. Observadores (sin ellos no existiría el bullying porque ellos reafirman el poder del agresor)

•Culpabilizado: siente pena por la víctima, pero teme intervenir.
•Indiferente: no se mete porque el ataque no es contra él.
•Amoral: admite que el más fuerte es el que se debe imponer.

Fuente: Diario La República, revista "Domingo". 31 Octubre, 2010.

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