sábado, 19 de febrero de 2011

Historia de la obra educativa de Domingo Faustino Sarmiento en Argentina. Libro: Arquitectura, educación y patrimonio.

Templos del saber

Por: Hugo Beccacece

Es un tesoro que está a la vista de todos, al que estamos tan acostumbrados que ya no lo vemos y al que, por desidia, descuidamos o dañamos. Son los edificios, con frecuencia magníficos, destinados a la educación esparcidos en todo el territorio de la nación: escuelas primarias, colegios secundarios y universidades, en los que se forman la niñez, la adolescencia y la juventud del país. El esplendor de muchas de esas construcciones en la Argentina se debió en buena medida a la visión y al empuje de Domingo Faustino Sarmiento, cuyo bicentenario se celebra hoy. Pero los ejemplos más deslumbrantes de ese acervo no se levantaron durante la presidencia de Sarmiento, sino a partir de la de Julio A. Roca, en 1880. Arquitectura, educación y patrimonio (pamplatina), de Fabio Grementieri y Claudia Shmidt, libro de reciente aparición, auspiciado por Nelly Arrieta de Blaquier, analiza de modo notable, por medio de documentación, planos, fotografías de archivo y actuales (tomadas por el propio Grementieri), el desarrollo de ese aspecto de la historia nacional cuyo origen se remonta a la enseñanza religiosa de los jesuitas en el siglo XVII. Las imágenes del período de mayor florecimiento arquitectónico en el género abarcan desde 1880 hasta la década de 1970, pero con un interés decreciente ya a partir de la década de 1950.

Los comienzos del sistema educativo en lo que sería el territorio nacional fueron lentos, pero auspiciosos. En la colonia, los colegios destinados a alumnos pudientes y dirigidos por sacerdotes seguían el modelo de los conventos. Las aulas se distribuían alrededor de un claustro enmarcado por galerías y el régimen era semejante al de un seminario. Varios de esos antiguos edificios se utilizaron después para la enseñanza laica, como el Real Colegio de San Carlos, en Buenos Aires, inaugurado por el virrey Vértiz en 1767, que funcionó donde había estado el Colegio de San Ignacio, anexo a la iglesia de los jesuitas. En ese mismo terreno habría de levantarse, a principios del siglo XX, uno de los palacios educativos más destacados y prestigiosos de la Argentina, el Colegio Nacional de Buenos Aires.

Sarmiento fue consciente desde muy temprano de la necesidad de contar con edificaciones concebidas de modo específico para el aprendizaje. El continente y el contenido debían formar una unidad. La educación estadounidense fue su principal modelo. En sus dos viajes a Estados Unidos (1847 y 1865-1868) se consagró, entre otras cosas, al estudio de tratados de arquitectura escolar, pero también a diseñar el perfil de docente que se requería en su país. Los enseñantes tenían que ser inteligentes, preparados y desplegar una particular abnegación. Ya presidente, contrató en Estados Unidos a un grupo de maestras que habrían de formar no sólo a alumnos primarios, sino sobre todo a sus futuros colegas. El libro de Julio Crespo Las maestras de Sarmiento narra con rigor y color la historia novelesca de esas mujeres que debían de ser tan capaces desde el punto de vista intelectual como aventureras, porque afrontaron toda clase de inconvenientes y, en no pocas circunstancias, hasta arriesgaron sus vidas para cumplir con sus tareas. Esas heroínas y sus alumnos no podían, según Sarmiento, trabajar y estudiar en ámbitos inadecuados. En ese sentido, insistió mucho para que las condiciones de higiene, luz y ventilación de las instituciones educativas fueran las mejores. En La educación popular , de 1849, recomendaba adoptar el "sistema simultáneo" de enseñanza, es decir, la división del alumnado por niveles de conocimiento, bajo la conducción de un maestro o monitor, lo que exigía una concepción arquitectónica distinta de la de los conventos. Se necesitaban tantas aulas como niveles tenía la graduación de los estudios. Por otra parte, no se trataba tan sólo de satisfacer los requisitos elementales del confort; Sarmiento también era partidario de que los edificios, aunque austeros, tuvieran "cierto lujo de decoración" para desarrollar el gusto de los alumnos, además de traducir en formas, de un modo simbólico, el papel central que la enseñanza tenía en la sociedad. Con el tiempo, esos dos extremos, "la austeridad" y el "lujo", habrían de generar un debate en la arquitectura destinada a la enseñanza que continuaría mucho después de la muerte de Sarmiento. El buscaba más bien ubicarse en el justo medio entre los dos polos. El énfasis de Sarmiento en ofrecer un espacio generoso, buena iluminación e higiene a docentes y alumnos revela que su sentido práctico lo llevaba a reclamar condiciones de vida y de trabajo que serían los pilares del lujo y de la decoración de interiores en el siglo XX. Victoria Ocampo, una sarmientina fervorosa, sostendría que el lujo de los tiempos modernos consistía precisamente en el espacio y en la luz.

La primera escuela primaria, construida en 1858 de acuerdo con las ideas de Sarmiento, fue la de Catedral al Norte, en Buenos Aires. Había sido proyectada por el arquitecto Miguel Barabino. La fachada era de estilo neorrenacentista y los fondos con que se levantó provenían en parte del gobierno provincial, pero también de la autogestión vecinal, es decir, de los recursos que se obtenían de parte de los habitantes de cada barrio o ciudad.

Grementieri y Shmidt señalan que durante la presidencia de Sarmiento (1868-1874) se abrieron cerca de 800 escuelas en todo el país y se triplicó la matrícula escolar. Además se crearon establecimientos para formar maestras. El ideal sarmientino era el de convertir las instituciones educativas en "templos del saber". Esos templos tenían que ver con la tradición griega y romana más que con la cristiana, porque Sarmiento apoyaba la enseñanza laica, obligatoria y gratuita. Las primeras construcciones de edificios creados para ser escuelas responden, por eso, a estilos de origen clásico, de connotación civil y republicana. Grementieri y Shmidt comentan: "Puede decirse que la materialización de la arquitectura escolar oficial se inicia con la construcción de la Escuela Normal de Catamarca, inaugurada por la maestra estadounidense Clara Armstrong en 1878 y proyectada por el arquitecto italiano Luis Caravati, que, en el frente, a modo de templo, aplicó el orden jónico como «emblema de las vírgenes de tierna edad»."

La ley 1420, sancionada en 1884, durante la primera presidencia de Roca, imponía las principales ideas de Sarmiento: el carácter obligatorio, gratuito y gradual de la enseñanza, y determinaba la creación de distritos escolares para zonas urbanas y rurales de acuerdo con la densidad de la población infantil.

Las dos primeras grandes obras que se realizaron en Buenos Aires fueron el Normal Nº 1, proyectado por Ernesto Bunge, y la Escuela Petronila Rodríguez, proyectada por Carlos y Han Altgelt, sede del actual Ministerio de Educación. Las dos respondían al concepto de escuela-palacio. En ellas, había triunfado el "lujo". La primera era de líneas neogóticas, y la segunda, de inspiración neorrenacentista.

El debate sobre el criterio de los edificios suntuosos y el de los edificios modestos abarcó todo el país y se resolvió de distintos modos de acuerdo con los distritos. En las zonas rurales, se imponía a menudo una austeridad más que precaria. Se pensaba que, con el tiempo, se podrían construir mejores instalaciones, a medida que el progreso lo permitiera. Se levantaron así escuelas muy rudimentarias adaptando las tradiciones vernáculas de cada región. En las capitales y ciudades importantes de provincia, en cambio, abundan los edificios de buen porte. Las fotografías de escuelas primarias, colegios secundarios y universidades que aparecen en el libro de Grementieri y Shmidt permiten seguir, al mismo tiempo, la evolución del país, de los estilos arquitectónicos y de las políticas educativas. En plena euforia del Centenario, en 1910, se proyectaron y levantaron muchos palacios escuela, que recreaban las formas francesas de los "Luises", pero las adaptaban a la nueva disposición de los espacios del estilo conocido como Beaux-Arts o Ecole des Beaux-Arts. El mencionado Nacional de Buenos Aires, del arquitecto Norbert Maillart, con su majestuosa fachada y las suntuosas escaleras de mármol del interior, es uno de los ejemplos acabados de esa estética.

La concepción monumental perduró de un modo u otro a lo largo del tiempo. En la década de 1920, por caso, se inauguró el Instituto Félix Bernasconi, gracias a una donación privada. Ese inmenso edificio en Parque de los Patricios abarca una manzana, rodeado por una franja de jardín, y combina el estilo renacentista florentino con signos de modernidad que hacen pensar en la arquitectura industrial. Está dotado de teatro, gimnasio, natatorio, salas de música, talleres de manualidades, consultorio médico y muchas otras facilidades. La imponencia del edificio influyó sobre todo el barrio, que, en un principio, era mucho más humilde y progresó de modo considerable. Durante tres siglos, la arquitectura destinada a la educación no sólo sirvió para sus fines específicos, también enriqueció el paisaje urbano y el rural. Sería bueno que esa tradición continuara y se incrementara con experiencias que respetaran lo que ya se ha hecho e incorporaran nuevos avances. Durante demasiado tiempo, la Argentina parece haberse olvidado del espíritu de Sarmiento, que le dio a la Nación el liderazgo educativo en América latina.

Fuente: Diario La Nación (Argentina). Martes 15 de febrero de 2011.

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